EN LA PRÓXIMA VISITA HABLAREMOS DE “La profecía del Abad Negro” de Jose María Latorre. Está en vuestra biblioteca

“En mis primeras lecturas ya me sentía atraído por el miedo, por el horror, aunque he leído y sigo leyendo de todo y me precio de ser ecléctico en mis gustos literarios”.

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Fantasymundo: ¿Dónde reside la fascinación de lo fantástico?
José María Latorre: Sólo puedo dar una respuesta personal, no puedo hablar por otros. Posee el atractivo de ofrecer muchas alternativas imaginativas a la mediocridad y la grisura de la sociedad: moverte por situaciones extraordinarias y con personajes extremos, internarte por mundos maravillosos, ir más allá de los límites de la ciencia y el conocimiento, tratar temores que están más o menos presentes en el fondo de todos los seres humanos, sacar a la luz por medio del arte los miedos ancestrales, ver y tratar lo monstruoso como parte de la condición humana, moverte por ambientes fascinantes…, no pararía; también por tratarse de algo que carece de límites, en lo que reside parte de su atractivo; en todo caso, los límites se los pretenden poner (imponer) quienes no alcanzan a comprender esa fascinación, los que miran el mundo y el arte con anteojeras hechas en la fábrica de los prejuicios, lo cual es una actitud necia y anticultural.

Fantasymundo: A usted se le considera un gran especialista en el género fantástico, sobre el que ha publicado diversos libros en los que ha demostrado abiertamente sus preferencias por el terror. ¿De dónde procede ese interés por ese género en particular?

José María Latorre: Es una fascinación que arrastro desde la infancia. En mis primeras lecturas ya me sentía atraído por el miedo, por el horror, aunque he leído y sigo leyendo de todo y me precio de ser ecléctico en mis gustos literarios. En este sentido, creo que soy mucho más abierto que los partidarios acérrimos del realismo, con frecuencia muy intransingentes con todo lo demás; he disfrutado por igual con Hoffmann o con M. R. James que con Musil o con Philip Roth, con Poe o con Stevenson que con Proust o con Dostoyevski, por citar sólo unos nombres.

Siempre me han gustado las atmósferas enfermizas, los ambientes asfixiantes, el Romanticismo (claro está, me refiero al movimiento artístico, sobre todo el Romanticismo negro, lejos de la ñoñería que hoy se suele aplicar a ese término), la hipersensibilidad ante la vida aunque en ocasiones pueda resultar dolorosa, el olor de las hojas quemadas y las flores marchitas, los jardines abandonados, la naturaleza muerta, los caserones lúgubres, las bibliotecas antiguas, la idea misma del misterio. Puede que influyeran las lecturas que hice ya a los once y doce años, alternándolas con las que entonces se suponían habituales para alguien de esa edad: me gustaban mucho los autores rusos y sentía debilidad por Leonidas Andreiev, Alexandr Puchkin, Alexandr Kuprin. También pudo influir el hecho de haberme educado en un colegio de jesuitas. De ésto sabían mucho Joyce, Hitchcock y Buñuel.

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