el País de Irás y no Volverás

Hay lugares que te atrapan. A veces son castillos o casas. A veces objetos. No es fácil escapar de ellos. Se necesita decisión y algo de ayuda. Le pasó a Ulises cuando volvía después de la guerra de Troya. Le pasó a la Bella Durmiente en un castillo, cien años. Le pasó a un hermano pequeño que se quedó en la Flor del Lililá.

¿quiénes son ellos, lo sabes?

EL CASTILLO DE IRÁS Y NO VOLVERÁS


Hace ya muchos, muchísimos años, había un matrimonio muy pobre. Vivían a las orillas de un lago y no tenían más sustento que aquello que el marido pescaba cada día. Cada mañana acudía con su caña hasta la orilla, esperando pacientemente conseguir algún pez con el que aliviar el hambre que padecían.


Un día de mañana, muy temprano, se dirigió hacia el lago. Él esperaba paciente, pero fuese por la razón que fuese, nada se acercaba, hasta que, ya completamente desanimado, vio que un pequeño pececillo picaba el anzuelo. Poco era para él y la mujer, pero “menos es nada”, así que tiró con fuerza de la caña y sacó el pez que, asustado, le dijo al pescador:
-Por favor, no me lleves a tu casa. Ya ves que soy pequeño. Devuélveme al agua y el año que viene ya habré engordado.
-Lo siento, pero eso ni lo pienses -replicó el hombre-. Nada tenemos para llevar a la boca ¿cómo crees que vamos a pasar si no la noche?
-Vale -repuso el pececillo-. Llévame si ese es tu deseo y tan grande es tu necesidad, pero ten muy en cuenta lo que voy a decirte: “Cuando terminéis de comerme, recoge bien todas las espinas y las entierras debajo del árbol que hay junto a tu casa. Pero, primeramente, elige las dos más grandes y las guardas. Después de ocho días vuelve al lugar donde has enterrado las espinas y hallarás a dos preciosos niños gemelos. Cuelga, al cuello de cada uno, una de las espinas que guardaste, pues los protegerán de todos los males.”

El pescador hizo tal y como el pez le había indicado y, una vez que se lo comieron, guardó las espinas debajo del árbol que había junto a la choza. A los ocho días acudió al árbol, y halló a dos preciosos niños que llevó hasta su mujer colmado de júbilo, pues no habían tenido hijos. Luego hizo un collar y colgó una espina en el cuello de cada uno de los niños.

Transcurrieron los años y los chiquillos crecieron. Los padres eran muy mayores y el padre, que se había quedado casi ciego, ya no podía ir a pescar. Los hijos tampoco hallaban trabajo en aquellas tierras. Una noche, mientras los padres dormían, dijo el hijo mayor a su hermano:
-Hermano, ya ves lo difícil que es la vida aquí. Padre y madre ya están viejos y ni para alimentarlos tenemos. Bien está que tú permanezcas junto a ellos para su cuidado. Yo partiré esta misma noche en busca de una mejor fortuna para todos. Toma esta botella de agua y no te separes de ella. Si el agua cambia de color es porque algo malo me está ocurriendo. Si fuese así, acude de inmediato en mi ayuda.

Así hizo el joven, que emprendió su marcha aquella misma noche. Anduvo muchos días, cruzando llanuras y montañas por cientos. Una noche, cuando se había detenido a descansar, divisó unas luces sobre una montaña y hacia aquel lugar se dirigió. Por el camino iba cuando se encontró con unos arrieros a los que preguntó si conocían el sitio al que él se dirigía:
-El lugar al que te diriges -le contestó un arriero-, es una aldea que se halla junto a un castillo. Allí nadie puede llegar, pues en el bosque que rodea el lugar hay un monstruo de siete cabezas que protege la aldea y el castillo de cualquier enemigo, pero, a cambio, cada año el monstruo se lleva a la joven más guapa de la aldea. Este año, según dicen, se llevará a la hija del rey, que ha prometido que si alguien da muerte al monstruo antes de que se la lleve, podrá casarse con ella.

El chico se quedó pensativo, pues creyó que ya había encontrado la solución a sus problemas. Se despidió de los arrieros y decidió descansar para emprender su aventura a la mañana siguiente. Anduvo aún un gran trecho hasta aproximarse al bosque que rodeaba la aldea. De pronto surgió de entre los árboles una terrorífica bestia de siete cabezas, que se abalanzó con silbidos horribles sobre el chico. La lucha era desigual, pues la fiera lo atrapó de tal forma que ya lo tenía casi ahogado, cuando el muchacho se acordó de lo que le había dicho su padre acerca de la espina que le había sujetado al cuello. Agarró la espina con fuerza y se la clavó al monstruo, que empezó a dar unos alaridos terribles y murió.

El joven, una vez que sucumbió la bestia, aunque estaba exhausto, le cortó las siete lenguas,
guardándolas en su mochila. Tan rendido estaba que buscó un lugar seguro para descansar, acostándose en una cuevecilla y durmiendo más de tres días seguidos. Cuando despertó decidió ir a ver al rey y contarle cómo le había dado muerte al monstruo, así que cogió su mochila y se puso en camino hacia el castillo. Pero,…¡oh mala suerte!, pues al llegar se llevó una desagradable sorpresa; y es que le prohibieron ver al rey, ya que se hallaba celebrando las bodas de su hija.
-¿Cómo puede ser esto? -preguntó el chico a uno de los soldados que guardaba el castillo.
-Ayer un labriego dio muerte al monstruo y el rey casará a su hija con él -repuso el soldado.
-¡Es imposible! Tengo que hacer algo y demostrar la verdad –pensó el joven.
Decidido a que el rey lo escuchase, trepó por una pared hasta lograr introducirse por entre las almenas y llegar a la torre misma donde ya se empezaban a celebrar las bodas. El rey, al verlo, gritó encolerizado llamando a sus vasallos:
-¡Detened a ese hombre y llevarlo hasta las mazmorras más profundas!
-¡Majestad, os ruego que tengáis la bondad de oírme! –suplicó el joven en tono de humildad-. Esta boda no debe de celebrarse. El aldeano es un impostor, él no dio muerte al monstruo.
El rey decidió escucharlo y, aunque no daba crédito a tales palabras, le dijo:
-Venga, joven, habla y di lo que tengas que decir, pero si mientes, serás ahorcado en el patio del castillo.
-No, majestad, no miento. He sido yo quien ha matado al monstruo.
-Lo podrás probar, porque de lo contrario, bien sabes lo que te espera.
-Esta es la prueba, majestad. Aquí están las siete lenguas de las cabezas del monstruo. Yo lo maté.
Ahora mirad si las cabezas que trajo el aldeano tienen lenguas o no.

El rey, al comprobar la verdad, mandó al aldeano a prisión y organizó la boda de su hija con el joven héroe que había logrado la muerte del salvaje animal. Duraron las bodas varios días y noches. Una vez acabadas, se dirigieron los esposos a su habitación, en la parte más alta del castillo. Desde allí se distinguía un extraño castillo. El joven se asomó a una ventana para respirar aire fresco y, al observar aquel lejano paisaje, preguntó a la princesa:
-Amada mía, ¿qué es aquello que se observa a lo lejos?
-Es el “Castillo de Irás y no Volverás”-respondió la princesa–. Sólo se sabe que allí habita una
terrorífica y malvada bruja. Todos los que van, desaparecen, pues jamás alguno de ellos ha regresado. Son terrenos de mi padre, pero la bruja se los quitó. Él ha prometido entregar el castillo y todas las tierras a quien derrote a la bruja hechicera.

Entonces el joven tuvo una idea, pues era valiente y atrevido como nadie. Cuando la princesa ya dormía, se levantó muy despacio, cogió una espada, subió en el mejor caballo del rey y se dirigió hacia el «Castillo de Irás y no Volverás». Cuando llegó vio a miles de seres humanos tumbados en el suelo, presa todos de un profundo sueño. Intentó despertarlos, pero, mientras lo hacía, la bruja le lanzó desde una ventana del castillo un maléfico polvo, quedándose, al instante, dormido junto a los demás.

En aquel preciso momento, el hermano, que nunca se había separado de la botella, observó que el agua que contenía cambiaba de color. Todo preocupado, sin decir nada a los padres, salió de la cabaña y durante días y noches atravesó tierras y lagos, montes y valles hasta llegar a la aldea. Era muy tarde cuando divisó la aldea y el castillo y hacia allí se dirigió. La princesa, que durante todos esos días no había dejado de llorar, siempre asomada a la ventana, vio aparecer al hermano de su amado a lo lejos. Bajó rápido a recibirlo, creyendo que era su esposo, pues eran iguales, y le dijo:
-Amado mío, ¡cuánto te he echado de menos! ¿Dónde has estado todo este tiempo?
El joven, que se dio cuenta de la confusión de la princesa, para no preocuparla, le contestó:
-Fui a ayudar a mi hermano, que se encuentra en apuros.
Ya tranquila la joven, así que el muchacho se repuso y comió, lo acompañó hasta la habitación,
convencida de que era su marido. Pero, al asomarse a la ventana, el joven preguntó a la princesa:
-¿Qué castillo es aquel que se divisa desde aquí?
-¿Pues no te dije que es el «Castillo de Irás y no Volverás»? Por favor te ruego que no vayas, pues nadie ha vuelto jamás de aquel lugar.

Fue entonces cuando el chico comprendió que podría ser en aquel castillo donde su hermano se hallase en peligro. Esperó a que la joven se durmiese, cogió una espada, subió en un veloz caballo del rey y salió del castillo hacia donde se encontraba el hermano. Al llegar, encontró a su hermano dormido en el suelo, junto a otras muchas personas, y también había príncipes y princesas encantados. Bajó del caballo e intentó despertar al hermano mientras la bruja le lanzaba aquel misterioso polvo del sueño. Sin embargo, algo empezaba a ir mal para la hechicera, pues el polvo no hacía efecto en el joven. La bruja, llena de rabia y cólera, se lanzó desde la ventana hacia donde estaba el muchacho, agarrándolo del cuello con sus terroríficas uñas, apretando con tanta fuerza que a punto estuvo de acabar con su vida.
Estaban en un infernal combate, intentando el joven desprenderse de las garras de la hechicera, cuando recordó lo que le dijo su padre, que cuando se viese en peligro echase mano a la raspa que colgaba de su cuello. Eso hizo, clavándola en una de las manos de la hechicera que quedó paralizada y, tras un grito espantoso, se descompuso en un humo negro que se perdió por aquellas montañas para siempre.

Así que el sol empezaba a lanzar sus primeros rayos sobre el castillo de “Irás y no Volverás”, todas aquellas criaturas encantadas por la bruja empezaron a despertar. Le dieron las gracias al joven por haberlos sacado del hechizo de la bruja y con gran alborozo se dirigieron todos al castillo del rey. Allí salieron a recibirlos con gran júbilo y, la princesa, al ver que su amado no era sólo uno, sino dos y que, además, venían acompañados de todos los valientes que se habían atrevido a enfrentarse a la bruja y también de las princesas que aquella había encantado y hechizado, quiso saber todo lo que había ocurrido. Los hermanos le contaron la historia a la princesa y al rey. Éste, muy contento por la valentía de los jóvenes, mandó ir a buscar a los padres, a los que regaló el «Castillo de Irás y no Volverás”, donde vivieron tranquilos y felices el resto de sus días.

El hermano que se había casado con la princesa se convirtió en heredero del castillo a la muerte del rey y su hermano menor fue su consejero para siempre, heredando además el «Castillo de Irás y no Volverás» a la muerte de sus padres.
De esa manera todos fueron felices y comieron perdices y así termina para siempre el cuento del “Castillo de Irás y no Volverás”

(le faltan ilustraciones. Si te apetece y haces un dibujo de alguno de los párrafos, nos la envías a libronautas@gmail.com) .

Recuerda o busca cuentos donde alguien quede encantado en algún lugar. También hay cuentos de príncipes durmientes. Tu biblioteca tendrá este libro

CUENTOS DE MAYORES

corto: Atrapados en uno mismo. https://www.youtube.com/watch?v=-kT5yvSe4Ig

corto: Atrapados en los demás: «Aquellos que comen hasta saciarse hablan a los hambrientos de un tiempo maravilloso» Bertolt Brecht: https://vimeo.com/288759859

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